Pensar que merece la pena ir al fin del mundo a que te saturen la cabeza con palabrería que olvidarás al cruzar el umbral de la puerta por tan sólo un simple roce de manos. Eso no es normal.
-Creo que tendríamos que hablar... -Para mi no hay nada de que hablar. Todo estaba claro desde un principio, y los dos sabíamos cómo iba a terminar. ¿Porqué siempre te empeñas en complicarlo todo? No sabes dejar estar las cosas; buscas explicaciones para todo y te acabas haciendo daño a ti y a los que te rodean.
Se atrevió a pedirme que lo olvidara todo. Las sonrisas, las risas, los cubatas para dos, los bailes, los paseos helados envueltos en luz de luna, las palabras sinceras desdibujadas por las copas de más, y ese beso. No duró más de unos instantes, pero fue suficiente para encontrarme semanas después, a la una y media de la madrugada, intentando encontrar un vago sentido a tantos recuerdos desordenados que se atropeyan entre si. Fue un crepúsculo al despertar del sol. Un final y un principio confundidos en un mismo destello. La respuesta me pilló por sorpresa. Era yo la que iba a abstenerse de toda complicación, la que iba a mantenerse al margen en todo momento.
Et je continue de perdre le fil de mes paroles, chaque fois que je sens ses yeux se fixer sur ma bouche, qui trébuche quelques instants en cherchant des mots extasiés et de phrases qui n'ont plus de sens.
Esa mañana no se despertó. Se limitó a levantarse de la cama, a vestirse mecánicamente, sin importarle la hora o el lugar. Estaba como traspuesta; no oía, no veía nada de su alrededor. Las personas pasaban ante ella como sombras indefinidas y desenfocadas. Las palabras se volvían un murmullo incomprensible a sus oídos, que pasaba a un segundo plano, dada la magnitud de los pensamientos que atravesaban su mente de punta a punta. Sin embargo, cuando solía estar así, sus pupilas sólo podían reconocer una silueta entre la muchedumbre. Su cabeza sólo respondía al estímulo de una voz. La única que hoy no quería escuchar. -Hola. Le había pillado por sorpresa; todavía no había calculado cada palabra que iba a contestarle, y tanto quería decir que sólo salió un suspiro de entre sus labios. Simplemente le miró. Y él recibió esa mirada como quien recibe una descarga eléctrica. La respuesta hubiera sido innecesaria; una sonrisa, superflua. Ella no sabía muy bien que decirle, pero él lo comprendió. No sé si su fingida soberbia aguantará otro asalto.